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Cal Manco

1935, Pla de la ciutat de Barcelona 1:10 000 Ajuntament de Barcelona / Institut Cartográfic de Catalunya
Porta de Santa Madrona, 23

Altres noms: Cal Manquet

Cal Manco era, juntament amb Madame Petit i La Sevillana, un dels bordells més populars del Xino. Dels tres era el més econòmic. Francisco Madrid, en el seu article “Los Bajos Fondos de Barcelona”, que va aparèixer a la revista “Escándalo” al 1925, relatava cóm era la casa i el seu amo, Rafael Salvá “El Manquet”, de la següent manera:

“Algunas veces, lector, habrás visto en las primeras representaciones teatrales, en los beneficios o en las funciones de gala, la figura de. un hombre grueso, bajito, con un cogote inmenso, que se mueve, va y viene. Entra en el escenario, saluda a los artistas más en boga, discute con los coristas sobre el éxito de la obra y parece alguien de la casa. Usa gafas, lleva un bigote recortado y negro y es manco. Este hombre es el dueño de una de las casas más famosas del distrito quinto; de una de las casas más famosas de Barcelona: cal Manco! El Manquet es un hombre activo y diligente, que se escurre como una anguila y que tiene una voz metálica. Quiere mucho a su madre y es uno de los mejores clientes del kiosco de periódicos que se encuentra en la Rambla frente a la calle Conde del Asalto, en donde compra muchas revistas y casi todos los libros que aparecen.

Una noche, paseando con Pío Baroja por estas calles del distrito quinto, cuando llegamos frente a la casa del Manco le dije al maestro:
—He aquí el domicilio de uno de sus más devotos admiradores. El dueño de este lupanar es barojiano. Tiene en su biblioteca todas las obras de usted y es un ferviente admirador.

No sé si a Pío Baroja le hizo mucha gracia tener admiradores semejantes. Cuando llegamos a la feria de libros de Santa Madrona, Pío Baroja sonrió y se limitó a decir: —¡Qué contrastes!— y acto seguido volvió a hablarnos del conde de España, de Holanda, de la postura política de “Azorín” y de su vida en el pueblo del Bidasoa…

Cal Manco es una casa famosa. En la puerta una mujer gruesa, con cara de hombre y los pechos caídos; con un cigarrillo en la boca y unas nalgas desarrolladísimas, acaso por estar tantos años sentada en la misma silla de enea, sirve de portero. Una llave enorme da vuelta a la cerradura. Entráis en la casa. A la izquierda está la gran sala de recepción. Es un hall de vicio de última capa social. Alrededor de la gran sala, hay una banqueta adosada a la pared y forrada con hule rojo y lamentable. Las paredes tienen unos espejos grandes, un papel a tiras blancas y negras y parte de madera. En medio hay un asiento circular alrededor de la columna, como los que suele haber en casa de algunos zapateros de la calle de Fernando. En el fondo hay una mesa de mármol y una pianola. Tras la mesa está sentada una mujer alta, morena, seria. Usa lentes y tiene el pelo pegado al cráneo, de tanta grasa como se ha puesto. Le rodea el cuello un pañuelo de seda y a cada instante tiene en los labios una palabra grosera para los clientes que están demasiado rato en el diván. La pianola funciona casi permanentemente. Las pupilas se encargan de ir pidiendo a cada cliente diez céntimos para hacerla funcionar. Por los divanes hay seis o siete lupanarias gruesas, grotescas, absurdas, que no pueden inspirar pasión alguna a ninguna persona de sensibilidad y que son todavía la ilusión de alguien. Hay campesinos, con las manos callosas y la mirada profundamente conmovida por la lujuria.

La lujuria es cosa de locos, de perversos o de embrutecidos. La voluptuosidad es sensibilidad civilizada. En un rincón un hombre con una blusa larga y negra, una colilla quemándole casí las puntas de los bigotes, la mirada vaga, la gorra ladeada y las manos nerviosas sobre las rodillas. Cuando ha pasado una pupila junto a él y le ha acariciado la barbilla, se ha estremecido todo él y se ha quedado pálido, intensamente pálido… Las manos le temblaban y parecía que iba a caer rodando por el suelo enlosado como un tablero de damas. Hay unos cuantos dependientes de mercería, con la americana entallada, un nudo de corbata muy menudo, casi imperceptible, y una voz chillona. Suena un tango en la pianola. Una mujer alta, delgada, con una boca negra y enorme y una cara que desaparece bajo seis o siete capas de polvo, se agarra a un tipo vestido con un traje de azul e inician el tango. Es un tango sucio, repugnante. Ella lo exagera agitando las caderas y él pegando su cara a la de ella y marcando los pasos con cierta complacencia de ser admirado. Las voces de unos y las groserías de los otros les acucian a determinar perfectamente los pasos. Un cliente pone los pies en una silla de enea. Como si la picaran, una mujer gruesa como un elefante, con sus labios hinchados y negros y una cara de ternera, se levanta y agarra la silla de un revuelo y se la lleva, diciendo:

—Que et penses que són béns de…

Del pasadizo que hay junto a la pianola, salen de cuando en cuando las pupilas y dejan caer unas monedas sobre el mármol de la mesa en que está sentada la segunda ama. La segunda ama mira la moneda, abre una caja de madera y devuelve el cambio… Piensa uno que estas mujeres no tienen salvación posible y a lo mejor, como le sucedió a “la grabada”, encuentran un marido en esa misma casa. La de “la grabada” es digno de ser contado. Un obrero del muelle del carbón se enamoró de ella, la sacó del lupanar, le puso ven piro y se la llevó a vivir con él. Ella hizo bondad. Supo ser ama de casa. Ej vive feliz con ella y ahora vende verduras en oí Pueblo Seco. De cuando en cuando pasa el Manquet, que observa como funciona el negocio y que mira a toda aquella gente con harta compasión…”

A cal manco només es practicaven únicament coits bucals, a un preu de tres pessetes. Aquest preu feia que es formessin llargues cues fins i tot al carrer, amb els futurs felats exposats a les mirades de qui passejava pel carrer. Els ingressos de la casa era d’unes mil pessetes diàries, incrementant-se aquesta xifra de manera considerable el cap de setmana, on passaven per la casa fins a cinc mil homes. En aquests díes, hi havia alguna noia que arribava a fer servei a gairebé cinc cents homes. Xifres tan tremendes com penoses per tothom menys per el Manquet, qui va fer fortuna.

Aquest article forma part de l’especial: bordells de Barcelona 1900-1956

Referències:
“Historia y Leyenda del Barrio Chino”, Paco Villar. Edicions La Campana, 1996.
“Los Bajos Fondos de Barcelona”, Francisco Madrid. Revista “El Escándalo”, 1925.

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